Cada poco tiempo miraba la
pantalla del teléfono. Minuto a minuto el tiempo pasaba, y no dejaba de mirar
el reloj y el hecho de que todavía no le hubiera llegado ningún mensaje. No se
podía imaginar cómo habría sido aquello en el tiempo en el que no existían los
SMS y mucho menos el What’s App.
Estaba nervioso porque esperaba
un mensaje que no llegaba y lo único que hacía era esperar. No disfrutaba de la
noche ni de sus amigos. No se centraba en la música que sonaba de fondo, y que
en otro momento le habría encantado pararse a escuchar. Al día siguiente no
tenía clase, por lo que podía disfrutar esa noche todo lo que quisiera y, sin
embargo, la estaba malgastando mirando la pantalla del móvil.
El sonido de un mensaje lo sacó
de un profundo ensimismamiento que lo había atrapado un buen rato, mientras sus
amigos, a su alrededor charlaban alegremente. Su pecho comenzó latir de forma
desbocada y la garganta le quedó seca. A penas pudo tragar antes de mirar.
Nada, se trataba de un correo en su Gmail. En esos momentos se arrepentía de
tener toda su vida sincronizada en ese teléfono.
El tiempo pasaba y no llegaba
nada. Iban cambiando de local, de música de fondo y de conversaciones. En
alguna ocasión tenía la sensación de que alguna chica le miraba, dándole un
final distinto a su noche. Pero no podía, porque ya tenía un plan para esa
noche y unas expectativas, y esperanzas, puestas en él. Como un ludópata en una
tragaperras él no podía dejar de jugar hasta que le saliera la combinación
correcta con el mensaje que esperaba leer. Con el tiempo de juego, esa emoción
y nerviosismo se transformaron poco a poco en tristeza.
Al final dieron las seis y el
mensaje le llegó. No era el correcto y se le acabó el crédito para jugar esa
noche. En aquel momento dejó a sus amigos con una despedida, diciendo que
estaba cansado, y se fue solo a casa. La única compañía que tuvo hasta su cama
fue la de algún joven de fiesta que se cruzó en su camino y la luz de las farolas que iluminaba cada
paso entre los charcos de la calle. La tristeza, la decepción y la frustración
lo llenaron hasta que se tumbó en cama. Mientras miraba el techo pensaba en la
noche que había perdido solo por pensar en aquella partida que había perdido.
Al final en el juego la casa siempre gana, y aquí no fue diferente. Eran las
seis y media, tocaba pensar en un “buenas noches” y esperar a la próxima
partida que le llevara al punto en el que esta ahora.