A mucha gente le gustaría tener
poderes. Él siempre pensaba lo divertido que sería poder leerle la mente a la
gente, volar o volverse invisible. Esos otros poderes como ser más fuerte o
lanzar fuego no eran para él. Necesitaba una habilidad más sutil, acorde con su
personalidad perfeccionista y controladora, obsesionada con conocer a los demás.
Siempre había deseado ser capaz de desentrañar a una persona con solo mirarla a
los ojos. Conocer sus defectos, sus carencias y sus puntos fuertes. A ellas
tenía más interés en desnudarlas por dentro que por fuera. Era su fetichismo.
El sexo estaba bien, pero conocerlas más de lo que ellas se podrían conocer era
lo que de verdad le ponía en una chica. Cualquiera podía follar, era un hecho,
bien o mal; es algo que todos pueden hacer. Pero conocer a alguien más de lo
que se conoce a sí mismo llevaba más tiempo. Había que calcular todos los pasos
que daba y era como una auténtica partida de ajedrez, en la que a veces tenía
que sacrificar una pieza, un secreto suyo; para conocer el de ella. Todo el
mundo tiene un fetichismo enfermizo y el de él era ese.
Tanto deseaba poder conocer a la gente que una mañana se despertó y empezó a verla de otra forma. Con todo el mundo, veía como llevaban una mochila, un bolso o una maleta. A veces era grande, a veces era más pequeña. Pero siempre veía algo que los demás no. Podía ser un simple bolso de mano, o un cargamento entero que era arrastrado por esa pobre alma con cadenas atadas a su cuello, sin que pudiera percatarse. En esos sacos, maletas o lo que fuera; estaba todo el equipaje que llevaban dentro. Sus secretos, sus vergüenzas, sus penas o sus defectos. Las personas que llevaban un simple bolso de mano estaban vacías. No tenían taras ni problemas, pero eran planas y sin inquietudes. Las que llevaban un cargamento eran complicadas, difíciles y peligrosas. En las chicas, eran el tipo mujer que arrastraría a uno a una espiral de emociones peligrosas y sentimientos encontrados. Dudas y tristeza a la larga.
Pero todo poder y todo superhéroe tienen su punto débil. En su caso, probablemente algo que mejor nunca hubiera visto. En su caso eran los espejos. Al verse reflejado en uno por completo, veía el equipaje que le acompañaba. Una bolsa de tela, atada en la cintura y no más grande que un puño. Algo prácticamente vacío, que solo mostraba a alguien obsesionado por conocer a los demás porque poco se podía llegar a conocer a sí mismo. Porque no había nada que conocer.
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