Cada imagen se amontonaba en su
cabeza como algo pasado. Los recuerdos de algo pasado, que por más que quisiera
no podía revivir. Con cada fotograma de su memoria podía evocar no solo sus
propias emociones sino también las sensaciones que acompañaban a esos
recuerdos. De manera efímera, podía casi volver a vivir cada recuerdo.
Pasarse horas y horas
contemplando la pared de su cuarto mientras trata de revivir un pasado que con
cada proyección era menos sentido. Las sensaciones se desvanecían cada vez más y los sucesos cambiaban hasta deteriorarse completamente. La esencia de sus recuerdos
mutaba progresivamente mientras los observaba delante de esa pared. Con cada
revisión se envilecían y adquirían un significado perverso y triste que se reflejaba
progresivamente cuando una lágrima comenzaba a resbalar por su mejilla. Con el
tiempo, las historias que había vivido ya no eran las mismas que recordaba
ella.
Con el paso de ese tiempo su cara
palideció, pero sus ojos enrojecieron con lágrimas que caían por un rostro
atrapado en una única expresión de amargura y corroído por dentro al haber
destrozado cada recuerdo bonito que conservaba. Había envenenado su propia memoria
al recordar demasiado.
Una ruptura y días recordando
delante de la pared de su cuarto dieron lugar a una persona capaz de aniquilar
todo lo hermoso que acababa de vivir. Ella fue feliz mientras duró esa
historia. Ahora no podría volver a serlo, puesto que la había contaminado hasta
lo más profundo.
Esa era la maldición de aquella
chica, pensar demasiado.
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